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lunes, 10 de marzo de 2014

Historias de Buzios: Igor, el macaco que toma cerveza y toca la guitarra.

Suelo salir a caminar por las calles buzianas buscando algo de qué sorprenderme o buscando la manera de contar una historia y, como quien no quiere la cosa, a menudo me suele ocurrir que me cruzo con verdaderos artistas, desconocidos, pero con un talento infinito que no dejan de sorprenderme.

Me he cansado de conocer artistas en Brasil –sobre todo músicos- (es un decir, nunca me he cansado, claro). No sólo son todos de aquí -aunque sí la mayoría- sino también de otras partes del mundo. Pero en términos generales es imposible venir a Brasil y no cruzarse con algún músico, cantante, bailarín, dibujante, artista en general… pareciera ser la tierra donde todos tienen algún talento. Es imposible no maravillarme cuando los veo o los escucho; enseguida me pregunto... y para cuándo un show? Un concierto? Un disco? Que pido mucho? Para nada! Es vivirlo para creer… 


Recuerdo que al primero de ellos lo conocí en la plaza de Buzios, a los pocos días de haber llegado. Su nombre es Igor y estaba con su guitarra poniéndole música a la tarde de unos meninos que estaban brincando (jugando) en el centro de la plaza quienes al son de los acordes hacían unas envidiables verticales que llegaban hasta el cielo. Sorpresivamente de él no tengo aún un video o un registro digital de su talento. Tengo todo en mi memoria y su recuerdo aún está latente en un par de fotos que en alguna otra oportunidad la noche nos cruzó nuevamente en la playa, en alguna guitarreada de esas improvisadas que aquí abundan.

Cuando aquella tarde lo conocí recuerdo que comencé rompiendo el hielo pidiéndole que se acercara a la webcam desde donde estaba chateando con mi novia para que le cantara alguna canción dedicada para ella. Muy gentilmente accedió y nos deleitó a los dos: a mí, a su lado y a mi novia a la distancia.

Luego de la gentileza lo invité a tomar unas cervezas y seguimos charlando un buen rato. La verdad no le entendía mucho pero a la fuerza lográbamos finalmente comprendernos. Así, comunicándome de ese modo con él, comprendí que la mejor manera de aprender un idioma es perderle el miedo al ridículo: un poco se habla, un poco de señas y muchas sonrisas. Así, de este modo, no hay barreras que impidan comunicarnos con nadie.

Me contó su edad, 29 años; y se asombró cuando le conté la mía; 31. Era moreno, alto, muy delgado, su voz era ronca, “como la de un hombre adulto que fuma y bebe mucho” pensaba para mis adentros. Se reía a cada instante mostrando sus grandes dientes. Usaba un aro plateado en su oreja izquierda y un reloj plateado en su muñeca.
Era muy cordial y simpático para charlar y así de a poco, comenzamos a conocer un poco más uno del otro.

Yo le conté que andaba hacía poco tiempo en Buzios, viajando y haciendo lo que hace tanto tiempo soñaba y lo que más me gustaba hacer: viajar; llevando de paso las cenizas de mi padre a México; habiendo renunciado a mi trabajo de cinco años y eligiendo vivir la vida tras ese desafío que me había propuesto. Él me contó que era de Mina Gerais y que, al igual que yo, había renunciado a todo para cumplir su sueño de ser feliz llevando su música en el camino. Yo le conté de mi intención de escribir un libro alguna vez; y él me contó la suya de grabar un disco también. Los dos éramos unos locos bohemios detrás de una ilusión...

Aquella tarde yo entraba a trabajar a las cuatro en el restaurant donde aún hoy trabajo. Faltaba hora y media. Su gorra no tenía muchas monedas en su interior –las pocas que había eran suyas y las usaba de “señuelo”- y fue entonces cuando yo, que conozco un poco más Buzios, le sugerí que si quería ganar un poquito de monedas tendría que ir al muelle desde donde descienden a cada hora embarcaciones desde los ferrys acuáticos, cruceros y otros medios de transporte turísticos. Cientos de turistas de todas partes del mundo pasan por ese muelle y salen de recorrida a conocer la ciudad o vuelven hasta allí para retomar sus transportes. Era el lugar ideal, me sorprendí a mí mismo por mi idea brillante!

-Es que no me animo, es difícil empezar… -Respondió Igor con una sinceridad brutal; y al ver en su rostro signos de resignación, sin dejarlo terminar la sentencia agregué…
-Yo iré contigo, no tengo guitarra, ni sé tocar ningún instrumento. Tampoco sé cantar, soy muy malo! Pero puedo hacer palmas, o llamar la atención para que la gente te oiga, o detenerla mientras caminan, o no sé… ya se me va a ocurrir algo, hay que intentar dar ese difícil primer paso, ven, te invito otra cerveza así te relajas un poco…
-Otra cerveza? –me lo dijo entre incrédulo y sorprendido, pero con una sonrisa pícara que le devolvió el brillo a su rostro.
-Claro!, no te gusta acaso la cerveza?...


Y fue aquí cuando remató con una frase que no olvidaré por mucho tiempo en mi vida y que a la vez me estaba dando de algún modo un tipo de enseñanza…

 
-Si! Pero invitar con cerveza a un brasilero es como darle bananas a un macaco -y estallamos en risa los dos y nos chocamos los puños en gesto de compinches y salimos rumbo al muelle que nos quedaba a una cuadra de la plaza…

En menos de 10 minutos ya estábamos sentados en pleno muelle. El día estaba hermoso. Un sol radiante iluminaba todo el ambiente y un suave aunque intenso viento soplaba desde el mar levantándole la pollera a las mujeres. Así, fue fácil para mí adivinar cuál de las mujeres que caminaba por el muelle era brasilera y cuál no; y así también por un tiempo con Igor nos divertimos, a modo de previa, descubriendo las nacionalidades de las mujeres confirmando luego de dónde eran esas mujeres al oírlas hablar cuando pasaban por nuestro lado o sino haciéndoles alguna pregunta al paso. Había un secreto que yo por observador y por llevar más tiempo aquí llevaba con ventaja y que a Igor le intrigaba mucho que adivinara casi siempre.

-Cómo haces para adivinar siempre? –me indagó sorprendidísimo…
-Es fácil. La mujer brasilera no le interesa que se le levante la pollera, no le interesa que se le vean las piernas por completo ni se interesa que se le vea el bum bum. No se reprime, es muy natural, fíjate bien y presta atención…

Igor titubeó, hizo una mueca de incredulidad, observó las mujeres que venían de paso, me volvió a mirar y abriendo los brazos mirando el mar largó una fuerte carcajada y me dijo…

-Aahh cara, você é incredível…

Este modo de adivinar a prepo de donde eran las mujeres también nos servía para preparar el chamuyo y posterior guitarreada porque Igor, que no paraba de sorprenderme, improvisaba las letras de acuerdo a las características físicas y de vestuario y así armaba sus rimas acompañando con su guitarra sus versos. Mi papel en esos casos era quedar literalmente “pintado” y sólo atinaba a hacer caritas y sonrisas como tonto mientras pasaba la gorra. 


Demasiado éxito no tuvimos así que luego de esa ocasión, muy gentilmente, él sabiendo que a mí me gustaba escribir me propuso escribir una canción a medias. Él comenzaría con unos renglones y me pasaría a mí para que yo lo complete con lo que se me ocurriera. Por un momento irónicamente le pregunté si yo haría de  Vinicius (De Moraes) o de Tom (Jobim), haciendo alusión a dos grandes de la Bossa Nova Brasileña que una vez, de un modo similar a lo que estaba aconteciendo en aquella circunstancia entre Igor y yo, hicieron una de las canciones más conocidas y traducidas en el mundo, cuando le escribieron a una mocita que caminaba por la playa la tan renombrada y famosa Garota de Ipanema…

-Y quién sabe?, lo que comienza como un juego y una fantasía puede terminar en un deseo hecho realidad. –me dijo sonriendo y me hizo sonreír más aun a mí cuando comprendí que en esa oportunidad no había necesitado que yo me esfuerce en explicarle el por qué de mi ironía y, además, Igor ya estaba entrando en confianza consigo mismo derribando sus miedos e inseguridades.

Como no andaba con mi cuadernito de viajes improvisamos una hoja sobre la cual escribir en un folleto de una agencia de viajes. Intenté en un principio rimar algunos versos que se derramaban de algunas sensaciones y pensamientos míos de aquel instante. No recuerdo bien ahora lo que improvisé en aquel momento ni guardé el borrador pues finalmente se lo quedó Igor como recuerdo y lo guardó celosamente en uno de sus bolsillos.
 

Así como pasaron los minutos, lo que en un principio yo había escrito comenzó a desvirtuarse y fueron surgiendo palabras de quién sabe dónde y comenzaron a llover rimas por doquier y con mucho entusiasmo nos conectamos uno al otro de un modo que hasta yo comencé a cantar en portugués repitiendo a modo de eco las últimas palabras de Igor y de a poco, no sé si por la alegría que transmitíamos o porque realmente era bueno lo que estábamos haciendo, la gorra se fue llenando de algunos billetes y monedas y nuestras sonrisas y alegría ya para esa altura eran indisimulables.

No fue mucho dinero. En realidad eso sí lo recuerdo con exactitud. Fueron diecisiete reales con cincuenta en menos de una hora y media.

El tiempo se pasó rapidísimo y yo tenía que entrar a trabajar. Igor intentó darme un poco de dinero. 


“Al menos cóbrate por las cervezas que se ha tomado este macaco”. -Me dijo sonriendo como siempre, y agregó, mientras nos dábamos un último abrazo de despedida:


-Amigo Guido, nunca antes había hecho esto en mi vida pero siempre quise hacerlo alguna vez. Le agradezco mucho su ayuda y su compañía. Es usted una gran persona. Muchas gracias…

-De nada, Igor. -Respondí algo sonrojado. Para mí ha sido un placer acompañarte. “Eso sí” –cambie la cara de sonrisa a seriedad- “Si el día de mañana te haces famoso, seré yo el macaco a quien tendrás que alimentar con cerveza”… y volvimos a estallar en sonrisas cómplices y finalmente me alejé.

Caminé unos cuarenta pasos, me volteé a mirarlo nuevamente y ya se había reacomodado en el mismo lugar del muelle donde nos habíamos ubicado en un principio los dos, sólo que ahora él estaba solitario allí sentado frente al mar cantándole con su guitarra a quien quiera escucharlo, como era su deseo. 


Sonriendo para mis adentros me di la vuelta y me alejé definitivamente, feliz, sabiendo que había tenido una acción sencilla pero valiosa.
 

Volví a encontrarlo en un par de ocasiones más al poco tiempo y él siempre dejaba lo que estaba haciendo o dejaba de hablar con quien estuviera hablando para saludarme y preguntarme cómo estaba o cómo me sentía. Me contó que se había mudado hacia otra zona de la ciudad en busca de un trabajo y que por eso ya no vendría tan seguido a la plaza, la misma plaza en la que una noche coincidimos cuando yo salía de mi trabajo y él con su guitarra estaba, cuando no, bebiendo cerveza.

Esa misma noche decidimos volver al mismo muelle donde en una oportunidad se afianzó nuestra amistad y allí, guitarreando, se fueron acercando turistas curiosos con ganas de cantar, de beber algo y de hacer algo diferente. Se fue armando una gran ronda de chicos y chicas de todas partes y nos pasamos todos cantando, charlando y riéndonos en todo momento.


Gambeteando con Igor - Buzios
Igor y su cara de disgusto al cortarse una cuerda de su guitarra

Gambeteando con Igor - Buzios
Igor y yo improvisando pavadas

Gambeteando con Igor - Buzios
Dijo que si alguna vez me escribía una canción ésta sería la foto para el disco. En mi libro también estará :)

Gambeteando con Igor - Buzios
Con amigos chilenos, argentinos y brasileros.

Gambeteando con Igor - Buzios
Igor atrás, parado, de camisa. Y adelante yo para la última foto de la noche en la plaza donde nos conocimos.


Luego sí, no he vuelto a verlo hasta entonces. Pero estoy seguro que esté donde esté, él siempre guardará un grato recuerdo de aquel momento que compartimos y quizás, ya sería demasiado -mas no imposible-, me recuerde en alguna de sus composiciones... así como yo lo recuerdo en estas líneas.


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